Anania se calló, siempre andando de un extremo á otro de la cocina; el viento aullaba sin descanso al rededor de la casita; de las rendijas del techo caían oblicuamente rayos de sol que echaban fantásticas monedas de oro sobre el negro pavimento. Anania se entretenía automáticamente poniendo los pies sobre aquellas monedas como cuando era chiquillo; se preguntaba qué le quedaba que hacer y le parecía haber cumplido una parte de su grave misión, pero que aún le quedaba mucho que realizar.
—Llamaré aparte á la tía Grathia—pensaba—y le entregaré el dinero necesario para que le compre zapatos y un vestido y le dé de comer, y después partiré y veré... Aquí ya no tengo nada que hacer; todo está hecho...
—¡Todo está hecho!—repetía entre dientes con infinita tristeza.—¡Todo ha terminado!
Pasó por su mente la idea de sentarse un rato cerca de su madre, de que le contara su vida, de dirigirle una sola palabra de piedad y de perdón; pero no podía, no podía; sólo mirarla le causaba profundo disgusto; le parecía que apestaba (y verdaderamente emanaba de su cuerpo el olor desagradable especial de los mendigos), y no veía llegar la hora de marcharse, de huir, de quitarse de la vista aquel espectáculo doloroso. Y sin embargo, algo le sujetaba allí; veía que aquello no podía terminar de aquel modo, con unas cuantas frases; pensaba que tal vez Olí sentía, mezclado con el miedo y la vergüenza, la alegría de tener un hijo hermoso, fuerte, ilustrado y que esperaba con ansia unas dulces palabras, la mirada compasiva que no podía dirigirle; y en medio de su repugnancia, en medio de su dolor encontraba algo de consuelo pensando:
—Por lo menos no es descarada; tal vez aún pueda redimirse. Es inconsciente, pero no descarada. No se rebelará.
Y sin embargo, se rebeló.
—Bueno—empezó diciendo Anania, después de un largo silencio,—no se moverá de aquí hasta que arregle mis asuntos. La tía Grathia le comprará zapatos y vestidos...
La voz de Olí, aún fresca, pero llorosa, resonó claramente:
—Yo no quiero nada. Yo no...
—¿Cómo no?—preguntó él, parándose de repente ante el hogar.