Sentíase un frío intenso. La niebla llenaba el valle, cubría casi todos los montes; sólo sobresalía alguna que otra cresta nevada, plateada, confundiéndose con las blancas nubes; el monte Spada aparecía y volvía á aparecer—enorme macizo de bronce—entre los movibles velos de la niebla.

Anania y su madre atravesaron las solitarias sendas, pasaron frente al inmenso panorama occidental, sumergido entre nieblas, y empezaron á bajar la carretera gris y húmeda, que allá abajo, muy abajo, se internaba en una lejanía llena de misterio. Anania sintió palpitar su corazoncito. Aquella carretera gris, vigilada por las últimas casas de Fonni, cuyos techos de tablas parecían grandes alas negruzcas desplumadas, aquella carretera que baja, y baja sin cesar hacia un abismo desconocido lleno de niebla, es la carretera de Nuoro.

Madre é hijo caminaban de prisa; á menudo el pequeño tenía que correr para alcanzarla, pero no se cansaba. Estaba acostumbrado á andar, y á medida que bajaban se sentía más ágil, más vivo, ligero como un pajarillo. Muchas veces preguntó:

—¿Dónde vamos, madre?

—Á coger castañas,—contestóle una vez, y después dijo:—al campo; ya lo verás.

Anania bajaba, corría, daba saltos; á cada momento se palpaba el pecho en busca de la bolsita.

La niebla se iba aclarando. En lo alto, el cielo aparecía de un azul pálido surcado de grandes pinceladas de albayalde; las montañas se veían, á través de la niebla, casi moradas. Un amarillento rayo de sol iluminaba, por fin, la pequeña iglesia de Gonare, situada en la cresta de la montaña piramidal, que surgía de entre unas nubes color de plomo.

—¿Vamos allá?—preguntó Anania, señalando un bosque de castaños, rociados por la niebla y cargados de frutos espinosos ya abiertos. Un pajarillo gorjeaba en aquel lugar y hora tan silenciosos.

—¡Más allá!—dijo Olí.

Anania reanudó su desenfrenada carrera. Nunca había ido tan lejos en sus excursiones, y aquel continuo descenso al valle, el paisaje, la hierba que cubría las laderas, los muros verdes por el musgo, los bosques de avellanos, el césped cubierto de rojas bayas, el gorjeo de los pájaros, todo le resultaba nuevo y agradable.