La niebla desaparecía. El sol, triunfante, iluminaba las montañas. Las nubes que rodeaban el monte Gonare, habían tomado un hermoso color amarillo-rosado, sobre cuyo fondo la pequeña iglesia se destacaba claramente, pareciendo tan próxima que se podía tocar con la mano.
—¿Pero dónde está este endiablado lugar?—preguntó Anania, volviéndose á su madre con las manecitas abiertas, y fingiendo enfado.
—Pronto llegamos. ¿Estás cansado?
—¡No estoy cansado!—gritó, echando á correr.
Pronto llegó el momento en que empezó á sentir un dolorcito en las rodillas. Entonces disminuyó las carreras, se puso al lado de Olí y empezó á charlar; pero ella, con su lío sobre la cabeza, el rostro amoratado y con grandes ojeras, apenas le hacia caso y contestaba distraída.
—¿Regresaremos esta noche?—le preguntaba.—¿Por qué no me ha dejado decírselo á Zuanne? ¿Está lejos el bosque? ¿Está en Mamojada?
—Sí, en Mamojada.
—¡Ah, en Mamojada! ¿Cuándo es la fiesta de Mamojada? ¿Es verdad que Zuanne ha estado en Nuoro? Ésta es la carretera de Nuoro; sí, sí, se necesitan diez horas á pie, para llegar á Nuoro. ¿Y usted ha ido alguna vez á Nuoro? ¿Cuándo es la fiesta de Nuoro?
—Ya fué, fué hace pocos días,—dijo Olí, como despertando.—¿Te gustaría vivir en Nuoro?
—¡Ya lo creo! Y además... además...