—Ya sabes que en Nuoro vive tu padre,—dijo Olí, adivinando el pensamiento del chico.—¿Te gustaría estar con él?

Anania lo pensó; después dijo vivamente, frunciendo el entrecejo:

—¡Sí!

¿En qué pensaba al decir «sí»? La madre no profundizó tanto; se contentó con preguntarle:

—¿Quieres que vayamos á verle?

—Sí, repitió el muchacho.

Hacia medio día se detuvieron cerca de un huerto, en donde una mujer, con las faldas cosidas entre las piernas, á modo de pantalones, cavaba con furia; un gato blanco iba á veces detrás de la mujer, y otras corría, lanzándose hacia una verde lagartija, que aparecía y desaparecía entre las piedras del muro.

Siempre recordó Anania estos detalles. El día era templado, el cielo azul. Las montañas, secadas por el sol, eran grises, salpicadas de obscuros bosques; el sol, que casi quemaba, calentaba la hierba y hacía brillar el agua de los arroyos.

Olí, sentada en el suelo, desató el lío y llamó á Anania, que se había encaramado sobre el muro para ver á la mujer y al gato.

En aquel momento apareció por un recodo de la carretera el coche-correo que bajaba de Fonni, guiado por un hombre de cara roja, con bigotes castaños, que parecía reirse siempre por tener los carrillos muy mofletudos.