Olí quería esconderse; pero el hombrón la vió en seguida y gritó:
—¿Á dónde vas, chiquilla?
—Á donde me parece y me da la gana,—contestó ella, en voz baja.
Anania, aún encaramado sobre el muro, miró dentro del coche, y viéndolo vacío dijo al cochero:
—¡Lléveme, tío Bautista, lléveme en el coche, lléveme!
—¿Á dónde vais? ¿Á dónde?—gritó el hombrón, acortando el paso de los caballos.
—Pues bien, ¡así revientes! vamos á Nuoro. ¿Quieres llevarnos un poco en el coche por caridad?—dijo Olí, comiendo.—Estamos más cansados que burros de carga.
—Oye,—contestó el hombrón,—ve más allá de Mamojada, mientras yo recojo el correo, y allí subiréis.
Les cumplió la promesa. Más allá de Mamojada hizo sitio á su lado en el pescante á los dos viajeros, y empezó á charlotear con Olí.
Anania, muy cansado, sentía un verdadero placer al encontrarse sentado, entre su madre y el hombrón que agitaba continuamente el látigo, frente á los risueños paisajes del valle azul que se encuadraban en el arco de la capota del carruaje, mientras los caballos iban al trote largo.