Las altas montañas habían desaparecido, desaparecido para siempre, y el chiquillo pensaba en lo que diría Zuanne al enterarse de este viaje.
—¡Cuando vuelva, cuántas cosas tendré que contarle!—pensaba.—Le diré: Yo he ido en coche y tú no.
—¿Por qué diablos vais á Nuoro?—volvió á preguntar el hombrón vuelto hacia Olí.
—¿De veras quieres saberlo?—contestaba ésta.—Voy á ponerme á servir. Tengo ya colocación con una buena señora. En Fonni no podía vivir por más tiempo: la viuda de Zuanne Atonzu me echó de su casa.
—No es verdad,—se dijo Anania.—¿Por qué mentía su madre? ¿Por qué no decía la verdad, que iba á Nuoro para buscar al padre de su hijo? Sin embargo, si mentía tendría sus razones: y Anania no se metió en más honduras, pues tenía mucho sueño. Inclinó la cabeza sobre el regazo de su madre y cerró los ojos.
—¿Quién vive ahora en la caseta?—preguntó Olí, de pronto.—¿Mi padre ya no está?
—Ya no está.
Ella suspiró profundamente. El coche se paró un momento, después reanudó su marcha y Anania acabó de dormirse.
En Nuoro tuvo una gran desilusión. ¿Esto era la ciudad? Sí; las casas eran más grandes que las de Fonni, pero no tanto como se las había imaginado; y además las montañas, proyectándose sobre el violáceo cielo de la fría tramontana, eran tan pequeñas que casi daban risa. Los chiquillos que encontraban por las calles—las cuales, á decir verdad, le parecían muy anchas—le chocaban grandemente porque vestían y hablaban de muy distinta manera que los muchachos fonnenses.
Madre é hijo callejearon por Nuoro hasta la caída de la tarde, y entonces entraron en una iglesia. Había mucha gente; el altar lleno de cirios; un canto dulce se unía á una música aún más dulce, que salía no se sabía de dónde. ¡Ah! Esto le pareció muy hermoso á Anania, que en seguida pensó en Zuanne, y en el gusto de poderle contar lo que estaba viendo.