Olí le dijo al oído:
—Voy á ver si encuentro una amiga mía á cuya casa iremos á dormir; no te muevas de aquí hasta que yo vuelva...
Se quedó solo en la iglesia; tenía un poco de miedo, pero se distraía mirando la gente, los cirios, las flores, los santos. Además le daba valor el pensar en el amuleto que llevaba escondido en el pecho. De pronto se acordó de su padre.
¿Dónde estaba? ¿Por qué no iban á buscarle?
Olí volvió pronto; esperó que terminase la novena, tomó á Anania de la mano, y le hizo salir por una puerta distinta de la que habían entrado. Recorrieron algunas calles, hasta que ya no hubo más casas. Era de noche, hacía frío; Anania tenía hambre y sed, se sentía triste y recordaba el hogar de casa, la viuda, las castañas y la charla de Zuanne.
Llegaron á un callejón cerrado por un seto, por detrás del cual se veían las montañas que habían llamado la atención del chiquillo por su pequeñez.
—Oye,—dijo Olí, con voz temblorosa,—¿has visto aquella última casa, con aquel gran portón abierto?
—Sí.
—Allí dentro está tu padre. ¿Tú quieres verle, no es verdad? Mira: ahora volveremos atrás; tú entras en el portón; enfrente hay una puerta también abierta; entras allí y miras; hay una almazara; un hombre alto, arremangado, con la cabeza descubierta, va detrás del caballo. Aquél es tu padre.
—¿Por qué no viene usted conmigo?—preguntó el chico.