Olí empezó á temblar.

—Entraré después. Tú vas delante; en seguida que entres dices: «Yo soy el hijo de Olí Derios». ¿Has comprendido? Pues en marcha.

Volvieron atrás; Anania sentía á su madre temblar y castañetearle los dientes. Frente al portón, se inclinó, colocó bien el saco sobre las espaldas del niño, y le dió un beso.

—Entra, entra,—dijo, empujándole.

Anania entró por el portón: vió la otra puerta iluminada y entró. Se encontró en un sitio negro, todo negro, donde una caldera hervía sobre un hornillo encendido, y un caballo negro hacía dar vueltas á una rueda grande y pesada, chorreando aceite, dentro de una especie de estanque circular. Un hombre alto, arremangado, con la cabeza descubierta, con el traje sucio, negro de aceite, daba vueltas detrás del caballo, removiendo dentro del estanque, con una pala de madera, las aceitunas trituradas por la rueda. Otros dos hombres iban y venían, empujando hacia delante y hacia atrás la palanca de una prensa, de la cual salía negro y echando humo el aceite.

Ante el fuego estaba sentado un muchacho con un gorro colorado, y este muchacho fué el primero en advertir la presencia del chiquillo. Le miró fijamente, y creyéndole un mendigo, gritó con malos modos:

—¡Fuera, fuera de aquí!

Anania, tímido, inmóvil, con su saco sobre la espalda, no contestó. Lo veía todo confuso y esperaba que su madre entrase.

El hombre de la pala le miró con ojos brillantes, y avanzó hacia él diciendo:

—¿Qué quieres?