—No llores, pobrecillo,—le dijo con dulzura.—Ahora, ahora vendrá. ¡Y vosotros á callar!—dijo á los hombres y al muchacho, que se metían un poco más de lo regular en el asunto.
Anania lloraba desconsoladamente, y no contestaba á las preguntas de los hombres, ni á las del muchacho que le miraba fijamente con sus dos ojillos azules y picarescos, y una burlona sonrisa en su cara colorada y mofletuda.
—¿Dónde se ha marchado? ¿No viene? ¿Dónde la encontraré?—preguntaba con desesperación el pequeño abandonado.
Habrá tenido miedo. ¿Dónde estará? ¿Por qué no viene? ¿Y aquel hombre sucio, chorreando aceite, tan malo, aquel hombre era su padre?
Las caricias y dulces palabras de la tía Tatana le consolaron algo. Acabó de llorar, se lamió las lágrimas, y las esparció por toda la cara con su gesto habitual; después pensó en la próxima fuga.
La mujer, el almazarero, los hombres, el muchachillo, todos gritaban, disputaban, reían y se insultaban.
—No puedes negar que sea tu hijo; ¡tiene tu misma cara!—decía la mujer, hablando con su marido.
Y éste gritaba:
—¡No le quiero en casa, no, no le quierooo!...
—¡Qué malo eres!... ¡Mala entraña! ¡Oh, Santa Catalina mía! ¿Es posible que haya hombres tan malos?—decía la tía Tatana, medio en broma, medio en serio.—¡Ah, Anania, Anania, siempre serás el mismo!