—¿Y quién quieres que sea? Ahora mismo voy á dar parte á la policía.

—¡Tú no irás á ninguna parte, estúpido! ¡Quieres sacarte los cuernos del bolsillo y ponértelos en la frente![19]—dijo con energía la mujer.

Como insistiese, ella añadió:

—Pues bien, ya irás mañana. Ahora termina tu trabajo y acuérdate de lo que decía el rey Salomón: «La rabia de hoy déjala para mañana...».

Los tres hombres reanudaron el trabajo; pero al echar bajo la rueda la masa de las aceitunas trituradas, el almazarero gritaba, murmuraba, maldecía de tal manera, que su mujer le dijo tranquilamente:

—¡Ea, no tomes para ti la parte mayor![20]. ¡Debía enfadarme yo, Santa Catalina mía! Acuérdate, Anania, que Dios no castiga con piedra ni palo.

—Cállate, hijito,—dijo después al chiquillo, que de nuevo sollozaba,—mañana ajustaremos cuentas. ¡Los pajaritos vuelan del nido apenas tienen alas!

—¿Sabíais que existía este renacuajo?—preguntó riendo uno de los hombres que movían las palancas de la prensa.

—¿Dónde habrá marchado tu madre? ¿Qué tal es tu madre?—preguntaba el muchacho, plantado ante Anania.

—¡Bustianeddu,—gritó el molinero,—si no te marchas pronto, te echo á patadas!...