—¡Quisiera verlo!—contestó descaradamente éste.
—¡Oye tú, explícale á éste qué tal es Olí!—exclamó uno de los dos hombres.
Al otro le dió tanta risa que tuvo que soltar la palanca para apretarse el vientre.
Mientras tanto, la tía Tatana empezó á interrogar al chiquillo, acariciándole y examinando su pobre vestidito. El niño contó todo lo que sabía, con su vocecita intranquila y quejumbrosa, interrumpida á cada momento por sollozos.
—¡Pobrecito, pobrecito! ¡Pajarito sin plumas; sin plumas y sin nido!—decía la mujer piadosamente.—Calla, alma mía; ¿tendrás hambre, verdad? Ahora vamos á casa y la tía Tatana te dará de comer y después te meterá en la cama con el ángel guardián, y mañana ajustaremos cuentas.
Con estas promesas se lo pudo llevar á una casita vecina, y le dió de cenar pan blanco y queso, un huevo y una pera.
Anania nunca había comido tan bien; y la pera, unida á las maternales caricias y dulces palabras de la tía Tatana, acabó de confortarle.
—Mañana...—decía la mujer.
—Mañana...—repetía el chico.
Mientras comía, y ella preparaba la cena para su marido, le interrogaba y daba buenos consejos, avalorándolos con la afirmación de que habían sido dictados por el rey Salomón y hasta por Santa Catalina.