De pronto, al levantar la vista, descubrió, atisbando por la ventanilla, la carita mofletuda de Bustianeddu.

—¡Fuera de ahí!—dijo;—¡fuera, renacuajo, que hace frío!

—Déjeme entrar,—suplicó.—¡Hace frío de veras!

—¡Vete á la almazara!

—No; está mi padre y acaba de echarme. ¡Si usted supiera cuánta gente ha ido por allá!

—Entra, pues;—dijo la mujer, abriendo la puerta.—Entra, pobrecito huérfano, que tú tampoco tienes madre. ¿Qué cosas dice el tío Anania? ¿Aún grita?

—¡Déjelo que grite!—aconsejó Bustianeddu, sentándose junto á Anania, recogiendo y mordisqueando el corazón de la pera, que éste había echado después de sacarle todo el jugo.

—Ha ido todo el mundo,—contaba, hablando y gesticulando como un hombre.—El maestro Pane, mi padre, el tío Pera, aquel embustero de Francisco Carchide, la tía Corredda, en una palabra, todos...

—¿Y qué decían?—preguntó la mujer con viva curiosidad.

—Todos decían que debíais adoptar á este niño. El tío Pera decía riendo: «¿Anania, si no recoges al chiquillo, á quién dejarás tus bienes?». El tío Anania le persiguió con la pala, y todos reían como locos.