Á la mujer debió vencerla la curiosidad, porque de pronto encargó á Bustianeddu que no dejara solo á Anania y marchó al molino.
Una vez solos, Bustianeddu empezó á hacer confidencias al chiquillo abandonado.
—Mi padre tiene cien liras en el cajón de la cómoda y yo sé dónde tiene las llaves. Vivimos ahí al lado; tenemos unas tierras y pagamos el impuesto; pero una vez vino el alguacil y embargó la cebada... ¿Qué hay dentro la cazuela que hace glu-glu-glu? ¿No te parece que se ahuma? (alzó la cobertera y miró). ¡Demonio, son patatas! Creí que era otra cosa. Voy á probarlas.
Con dos deditos cogió una patata hirviente, sopló unas cuantas veces y se la comió; cogió otra...
—¿Qué haces?—dijo Anania, con algo de envidia.—¡Si aquella mujer viene!...
—Nosotros, yo y mi padre, sabemos hacer macarrones,—dijo Bustianeddu, imperturbable.—¿Tú sabes hacerlos? ¿Y la salsa?
—Yo no,—contestó Anania, melancólicamente.
Seguía pensando en su madre, asediado por tristes reflexiones. ¿Dónde había ido? ¿Por qué no había entrado con él? ¿Por qué le había abandonado y olvidado? Ahora que había comido y entrado en calor, Anania tenía más ganas de llorar y de escaparse. ¡Escapar! ¡Buscar á su madre! Esta idea se apoderó de él, para no abandonarle jamás!
Poco después volvió la tía Tatana acompañada de una mujer miserablemente vestida, tambaleándose, con una gran nariz muy encarnada y una boca enorme, amoratada, con el labio inferior colgante.
—¿Éste es... éste es... el pajarito?...—preguntó balbuceando la horrorosa mujer, mirando con ternura al pequeño abandonado.—¡Déjame ver tu carita, y que Dios te bendiga! ¡Es hermoso como un lucero, de veras lo digo! ¿Y él no le quiere? Pues mira, Tatana Atonzu, recógelo tú, y guárdalo como un confite...