Se acercó y besó á Anania, que retiró la cara con disgusto porque aquella boca enorme apestaba á vino y aguardiente.
—¡Tía Nanna,—dijo Bustianeddu, haciendo el gesto de beber,—buena la ha cogido hoy!
—¿Qué... qué... dices? ¿Qué haces aquí? ¡Mosquito, pobre huérfano, á la cama!
—¡Tú también debías ir á la cama!—observó la tía Tatana.—Vamos, vamos, marchad los dos: ya es tarde.
Empujaba dulcemente á la borracha, quien, antes de salir, pidió de beber. Bustianeddu llenó en el cántaro una escudilla de agua y se la dió; la cogió de buena gana, pero apenas le echó la vista, separó violentamente la cabeza y dejó la escudilla. Después se marchó tambaleando.
La tía Tatana echó también á Bustianeddu y cerró la puerta.
—Estarás cansado, alma mía,—dijo al niño:—ahora te acostaré.
Le llevó á un gran cuarto contiguo á la cocina, y le ayudó á desnudarse, siempre hablándole dulcemente.
—No tengas miedo; mira, mañana vendrá tu madre, y si no viene, iremos á buscarla. ¿Sabes hacer la señal de la cruz? ¿Sabes el Credo? Mira, es preciso que reces el Credo, todas las noches. Yo te enseñaré muchas oraciones, una de ellas para San Pascual para que nos avise la hora de nuestra muerte. Amén. ¡Ah! ¿Tienes una rizetta? ¡Qué bonita! Muy bien, San Juan te protegerá; él era un niño tan pobre como tú, y sin embargo bautizó á Nuestro Señor Jesucristo. Duerme, duerme, alma mía. En nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Anania se encontró en una cama muy grande con almohadas encarnadas. La tía Tatana le abrigó bien y salió, dejándole á obscuras. Puso sus manecitas sobre el amuleto, cerró los ojos y no lloró, pero no pudo dormir.