IV

Un día, á mediados de marzo, Bustianeddu invitó á almorzar á su amigo Anania.

El traficante en pieles había tenido que marchar improvisamente, y el chiquillo se encontraba solo en casa, solo y libre después de dos días de encierro por una de sus acostumbradas faltas á la escuela; aún conservaba en la mejilla derecha la señal de una soberbia bofetada con que le obsequió su padre.

—¡Quieren que estudie!—dijo á Anania, cerrando los puños y abriéndolos con aquel gesto suyo de hombre formal.—¡Y á mí no me da la gana! Quiero ser pastelero: ¿por qué no me dejan?

—Claro, ¿por qué no te dejan?—preguntó Anania.

—¡Porque es una vergüenzaaa...!—exclamó el otro, alargando la palabra con irónico acento.—¡Es una vergüenza trabajar, aprender un oficio, cuando se puede estudiar! Esto dice mi familia; pero ahora voy á burlarme de todos. ¡Ya verás, ya verás!

—¿Qué vas á hacer?

—Ya te lo diré; ahora á comer.

Había preparado los macarrones; así llamaba á una especie de buñuelos duros y del tamaño de almendras, cocidos con salsa de tomates. Los dos amigos comían en compañía de un gatito gris que con sus zarpas cogía familiarmente los buñuelos del plato común y los llevaba picarescamente á un rincón de la cocina.

—¡Qué listo es!—decía Anania, siguiéndole con los ojos.—Á nosotros nos han robado el gato.