Y la madre responde:
—¿Qué quieres?
—¡Ahí está otra vez!
Desde por la mañana están muy inquietas porque un hombre vaga alrededor de la casa: un hombre viejo que parece pobre, muy pobre. Le han visto por primera vez al acompañar á su padre á la mar, y estaba sentado frente á la puerta, en la cuneta. Luego, al volver de la playa, le han encontrado en el mismo sitio y siempre mirando á la casa.
Parece enfermo y muy miserable. Por espacio de una hora no se ha movido, pero al ver que se le observaba como se observa á un malhechor, se ha levantado y se ha ido renqueando.
Pero no han tardado en verle aparecer de nuevo, andando con paso lento y cansado, y se ha vuelto á sentar algo más lejos, pero como si quisiese acecharlas.
La madre y las chiquillas tienen miedo. Sobre todo la madre, pues como es temerosa por temperamento, se preocupa porque su marido no ha de volver hasta que caiga el día.
Su marido se llama Levesque; á ella la llamaban Martín, y les han bautizado con los nombres de Martín Levesque. Veamos por qué: en primeras nupcias ella se había casado con un marino llamado Martín, un marino que todos los años iba á Terranova á la pesca del bacalao, y á los dos años de matrimonio tenían una hija y esperaban otro retoño cuando el barco en que iba el marido, Las dos hermanas, de Dieppe, desapareció.
Y nunca más se volvieron á tener noticias del barco ni de ninguno de los que le tripulaban, y así fué que cuerpos y bienes se dieron por perdidos.
La Martín esperó á su marido durante diez años y tuvo mucho que sufrir para educar á sus hijos: más tarde, como era laboriosa y muy buena mujer, un pescador del país, Levesque, viudo con hijo, la pidió en matrimonio. Y se casaron, y en tres años tuvieron dos hijos más.