Vivían penosa y laboriosamente. El pan estaba caro y la carne apenas se conocía en su casa, y aunque á veces, durante la época de las borrascas, se atrasaban con el panadero, como los pequeños tenían salud se daban por satisfechos. Y la gente decía:

—Los Martín Levesque son muy buenas personas. La Martín trabaja por cuatro, y Levesque, en su oficio, no tiene rival.

La chiquilla, que está sentada junto al vallado, dice:

—Cualquiera se figuraría que nos conoce. Tal vez sea un pobre de Epreville ó de Auzeboc.

Pero la madre tiene buen ojo y no se engaña: no, seguramente no es del país.

Como permanece inmóvil como un poste y fija obstinadamente los ojos en la morada de los Martín Levesque, la Martín se enfurece, y valiente á puro de estar transida de miedo, coge una badila y sale á la puerta.

—¿Qué estáis haciendo ahí?—grita dirigiéndose al vagabundo.

Y él responde con voz ronca:

—Tomo el fresco: ¿os hago algún daño?

—¿Por qué estáis espiando frente á mi casa?—replica la Martín.