Y el hombre contesta:

—No hago daño á nadie. ¿Está prohibido sentarse en la cuneta?

La Martín, no sabiendo qué decir, se mete otra vez en su casa.

Y el tiempo pasa despacio, muy despacio, y á eso de mediodía el hombre desaparece. Pero á las cinco vuelve á pasar, y ya no le ven más en toda la tarde.

Cuando al caer el día Levesque vuelve y le cuentan lo ocurrido, dice:

—Debe de ser algún fisgón ó algún desocupado.

Y duerme tranquilo mientras su mujer piensa en el vagabundo que la miraba de tan extraña manera.

Amanece un día desagradable, con mucho viento, y el marinero, viendo que no puede hacerse á la mar, ayuda á su mujer á componer las redes.

Á eso de las nueve, la hija mayor, una Martín, que ha ido á la tahona á buscar pan, entra corriendo, y con el rostro descompuesto.

—¡Ahí está, ahí está!—grita.