La madre se emociona mucho y, con las mejillas pálidas, dice á su marido:

—Ve á hablarle, Levesque, y convéncele para que no nos aceche, que eso me revuelve toda.

Y Levesque, un hombre de mar como un castillo, con tez rojiza y barba espesa, ojos azules que taladran dos puntitos negros y que lleva siempre al cuello un pañuelo de lana para resguardarse del viento y de la lluvia de alta mar, sale lentamente y se dirige al vagabundo.

Los dos hombres hablan.

La madre y los chicos, entre ansiosos y angustiados, les contemplan desde lejos.

De pronto, el desconocido se pone en pie y con Levesque se encamina hacia la casa.

La Martín retrocede asustada, pero su marido le dice:

—Dale un pedazo de pan y un vaso de sidra. Hace tres días que no ha comido.

Y entran seguidos de la mujer y de los niños. El vagabundo se sienta y come, y como todos le miran fijamente baja la cabeza.

La madre, en pie, no aparta de él los ojos: las dos mayores, las Martín, apoyadas de espalda contra la puerta, en él clavan sus ojos ávidos; y los más pequeños, que están sentados en las cenizas del hogar, dejan de jugar con el negro puchero para contemplar también al extraño.