Bebí el ron que me quedaba, y temblando escuché el susurro de las cañas y el siniestro ruido del río. Y entonces hice esfuerzos para ver, pero no pude distinguir mi barca, ni siquiera mis manos por más que las acerqué á mis ojos.
Poco á poco la negrura disminuyó; me pareció que una sombra pasaba cerca de mí, y grité. Una voz respondió: era un pescador que acudiendo á mi llamamiento se acercó y le conté mis cuitas. Ató su barca á la mía y juntos tiramos de la cadena. El ancla no se movió. Apuntaba el día, día sombrío, glacial, lluvioso, gris, un día de ésos que traen consigo tristezas y desdichas. Distinguimos otra barca: llamamos, y el hombre que la montaba unió sus esfuerzos á los nuestros: entonces, y poquito á poco, el ancla cedió. Y subió muy despacio, muy despacio, y cargada con peso considerable. Al fin distinguimos una masa negra y la metimos en mi barca.
Era el cadáver de una mujer vieja que tenía atada al cuello una piedra enorme.
EL REGRESO
Con sus olas continuas y monótonas, la mar azota la costa. Impulsadas por el viento, y semejando pájaros, blancas nubecillas pasan rápidamente á través del inmenso cielo azul, y la aldea, situada en el pliegue de un valle que llega hasta el océano, se calienta al sol.
Á la entrada, y al borde del camino, se alza la casa de los Martín Levesque. Es una morada de pescador con los muros de arcilla y el tejado de bálago que ostenta un penacho de azules lirios. Un huerto del tamaño de un pañuelo en el que crecen cebollas, coles y perejil, se extiende ante la puerta; y, á lo largo del camino, lo cierra tosca valla.
El hombre está en la mar, pescando, y la mujer, frente á la morada, repara las mallas de una red enorme que, extendida contra la pared, semeja inmensa tela de araña. Sentada en una silla de paja á la entrada del huerto, una muchachita de catorce años se inclina hacia atrás y arregla ropa blanca, ropa blanca de pobres, remendada y zurcida ya. Otra chiquilla, un año más joven, mece en sus brazos á un niño pequeño, tan pequeño que ni siquiera se mueve ni habla. Y dos pequeñuelos de dos ó tres años, sentados en el suelo y frente á frente, construyen jardines con sus torpes manos y se tiran á la cara puñados de polvo.
Nadie habla. Únicamente el pequeñuelo á quien quieren dormir llora sin descanso, con gritos agrios y cascados. Junto á la ventana, un gato duerme y los abiertos girasoles que se abren al pie del muro, forman un macizo de flores sobre el cual, zumbando, revolotea un mundo de moscas.
De pronto, la muchacha que cose á la entrada grita:
—¡Mamá!