Entretanto el río se había cubierto de blanca y espesa niebla que flotaba á ras del agua, y al ponerme en pie no vi ni el río ni mi barca, sólo distinguí las puntas de las cañas, y á lo lejos, la llanura bañada por la luz de la luna, luz pálida en la que se destacaban manchas negras que subían hasta el cielo, manchas formadas por los grupos de álamos. Yo estaba enterrado hasta la cintura en una sábana de algodón de blancura inmaculada, y á mi imaginación acudieron atropelladamente ideas fantásticas. Me figuraba que trataban de subir á mi barca, que no distinguía, y que el río, cubierto por la opaca niebla, debía estar lleno de seres extraños que nadaban á mi alrededor. Experimentaba espantoso malestar, un aro de hierro me oprimía las sienes, y los latidos de mi corazón casi me ahogaban. Perdí la cabeza y pensé alejarme á nado, pero esta idea me hizo temblar de espanto. Nadando á la ventura entre la espesa bruma me vi perdido, luchando con las hierbas y las cañas que no podría evitar, no viendo mi barca, no distinguiendo la orilla, muerto de miedo, y sintiendo que me tiraban de los pies para hundirme en el agua negra...
Y efectivamente, como me hubiera sido preciso remontar la corriente lo menos quinientos metros antes de encontrar sitio limpio de hierbas y de juncos, lo más probable era que, aunque nado como un pez, al no poder orientarme entre la niebla, me ahogase.
Hacía esfuerzos para razonar, tenía el firme propósito de ahuyentar el miedo, pero en mí había algo más que mi voluntad, y ese algo no estaba tranquilo. Me preguntaba qué podía temer; mi yo valiente se burlaba de mi yo cobarde, y nunca como ese día pude darme cuenta de la oposición de los dos seres que viven en nuestro interior, queriendo uno, resistiendo otro, y venciendo por turno los dos.
Y el miedo bestial, el miedo inexplicable, aumentaba por instantes y casi era terror. Permanecía inmóvil con los ojos muy abiertos y alerta el oído, y esperando... ¿Qué?... Ni yo mismo lo sabia, pero debía ser algo terrible. Y creo que si un pez cualquiera hubiese saltado del agua, como tan frecuentemente sucede, hubiera sido bastante para hacerme caer sin conocimiento.
Sin embargo, haciendo un violento esfuerzo logré sujetar mi extraviada razón. Tomé de nuevo la calabaza y bebí un trago largo; luego se me ocurrió gritar, y con todas las fuerzas de mis pulmones grité sucesivamente hacia los cuatro puntos del horizonte. Cuando se me hubo secado y paralizado la garganta escuché... Á lo lejos, un perro aullaba.
Bebí más, y me tendí á lo largo en el fondo de mi barca. Y en esa posición permanecí una hora, tal vez dos, sin dormir, con los ojos muy abiertos, y viendo cosas extrañas á mi alrededor. Á pesar de que lo deseaba ardientemente no me atrevía á levantarme; lo retardaba por minutos, y aunque me decía «arriba», tenía miedo de moverme. Por fin, y tomando infinitas precauciones como si mi vida hubiera dependido del ruido que pudiese hacer, me incorporé y miré á mi alrededor.
Y á mi vista se ofreció el espectáculo más asombroso, más maravilloso que se puede imaginar: una de esas fantasmagorías del país de las hadas, una de esas visiones que nos cuentan los viajeros que vienen de tejerías lejanas tierras y que escuchamos sin creer.
La niebla que dos horas antes flotaba á ras del agua se había retirado y recogido en las orillas, y dejando el río completamente libre había formado á cada lado una colina inmensa, de seis ó siete metros de altura, que á la luz de la luna brillaba con el soberbio resplandor de la nieve. Y estaba dispuesta de tal modo, que sólo se veía un río de fuego entre las dos montañas blancas, mientras en lo alto, por encima de mi cabeza y derramando su luz, la luna resplandecía en medio del azulado y lechoso cielo.
Todas las bestias del agua habían despertado: las ranas cantaban furiosamente, y á cada momento, unas veces á la derecha, á la izquierda otras, oía la nota corta, monótona y triste, que á las estrellas lanza la cobriza voz de los sapos. Y, cosa extraña, ya no tenía miedo, pues contemplando aquel paisaje extraordinario nada me podía asombrar.
No sé el tiempo que aquello pudo durar, pues acabé por dormirme, y cuando abrí de nuevo los ojos la luna se había puesto y el cielo estaba cubierto de nubes. El agua chapaleteaba lúgubremente; silbaba el viento, hacía frío, y la obscuridad era profunda.