Hablando del Océano, el poeta dijo:
¡Cuánta lúgubre historia en vuestro seno
Guardáis, profundas olas,
Que miráis á las madres de rodillas
Y les contáis tragedias pavorosas!
Por eso vuestra voz es un quejido
Cuando venís á acariciar la costa.
Pues bien, yo creo que las historias murmuradas por las delgadas cañas con sus vocecitas suaves y dulces, deben ser más siniestras que los dramas lúgubres que con sus potentes bramidos cuentan las olas.
Pero, como lo que usted me pide son recuerdos personales, voy á referirle una aventura bastante extraña que aquí me ocurrió hace diez años.
Vivía en la misma casa que ahora, y uno de mis mejores compañeros, Luis Bernet, que ha renunciado ya á la canoa, á sus pompas y á su desaliño para entrar en el Consejo de Estado, se había instalado en C..., dos leguas más abajo. Y todos los días comíamos juntos, unas veces en su casa, otras en la mía.
Una noche que volvía solo, algo cansado y arrastrando penosamente mi barca grande, un acorazado de doce pies que nunca utilizaba de día, me detuve, para tomar aliento, en la punta de las cañas, á unos doscientos metros del ferrocarril. El tiempo era magnífico: la luna resplandecía, el río brillaba y el aire era suave y tranquilo. La hermosura del sitio me tentó y pensé que fumar allí una pipa había de ser muy agradable. La acción siguió á mi pensamiento, y cogiendo el ancla la arrojé al agua.
La barca, que bajaba siguiendo la corriente, se detuvo. Yo extendí en la popa la piel de carnero y me instalé lo mejor que pude... No se oía nada, nada... de cuando en cuando me parecía que á mis oídos llegaba el chapaleteo casi insensible del agua al chocar en la orilla, y distinguía los grupos de cañas que semejaban figuras sorprendentes... ¡Hasta á veces parecía que se agitaban!
El río estaba muy tranquilo, pero el extraordinario silencio que reinaba me emocionó. Las ranas y los sapos, esos cantores nocturnos de los charcos, callaban. Repentinamente, y á mi derecha, oí cantar á una rana. Me estremecí, calló, no oí nada más, y con objeto de distraerme me dispuse á cargar la pipa. Por más que entonces yo era un curador de pipas famoso, no pude fumar; y como quiera que al dar el segundo chupetón sentí náuseas, cesé. Me puse á canturrear, pero el sonido de mi voz se me antojó muy triste, y tendiéndome en el fondo de mi barca me absorbí contemplando el cielo. Permanecí tranquilo durante largo rato, pero los ligeros movimientos de la barca vinieron de nuevo á despertar mi inquietud. Me parecía que daba saltos gigantescos y que por turno chocaba con una y otra orilla; creí luego que un ser ó que una fuerza irresistible la atraía suavemente hasta el fondo del río y que sólo la permitía que subiese á la superficie para hundirla otra vez; me sentía zarandeado como en una tempestad, y al oir ruidos á mi alrededor me puse en pie de un salto. El agua brillaba, y la tranquilidad que reinaba era perfecta.
Comprendiendo que mis nervios se habían excitado, resolví marcharme y tiré de la cadena. El barco se puso en movimiento; sentí luego resistencia inaudita, y por más que tiré, el ancla permaneció sujeta. Indudablemente estaba agarrada al fondo pues no pude levantarla. Volví á tirar, y todo fué inútil. Entonces, con mis remos hice girar la barca y la llevé río arriba, para que la posición del ancla cambiase, pero todo fué en vano pues seguía sujeta al fondo con resistencia tenaz. Me acometió un acceso de rabia y sacudí furiosamente la cadena. Nada... Desalentado, me senté, y con calma quise reflexionar en mi situación. No podía pensar en cortar la cadena ni en separarla de la embarcación pues estaba sujeta á un trozo de madera tan grueso como mi brazo, pero como la noche era deliciosa, pensé que no tardaría en encontrar á algún pescador que me prestase su ayuda. La contrariedad me devolvió la calma, y pude fumar mi pipa. Llevaba conmigo una calabacita de ron, bebí dos ó tres tragos, y la situación en que me encontraba me hizo reir. Hacía calor, y en último resultado podía pasar la noche al raso.
De pronto, contra uno de los lados de mi barca chocó algo que produjo un ruido seco, y helado sudor me inundó de pies á cabeza. Era indudable que el ruido había sido producido por una maderita que la corriente arrastraba, pero había sido suficiente para sobresaltarme, y de nuevo me sentí presa de extraña agitación nerviosa. Cogiendo la cadena hice un esfuerzo desesperado, pero como el ancla se mantuvo firme, tuve que sentarme.