MARCEL PRÉVOST.
ÍNDICE
| Pág. | |
| Prefacio | [vii] |
| En el agua | [1] |
| El regreso | [9] |
| El guarda | [17] |
| El pecio | [27] |
| La señorita Perla | [42] |
| La loca | [63] |
| Pierrot | [68] |
| El miedo | [75] |
| En la mar | [84] |
| Tambouctou | [91] |
| En los campos | [101] |
| La aventura de Walter Schnaffs | [109] |
| La sillera | [120] |
| Dionisio | [129] |
| El cordelito | [139] |
| El bautizo | [149] |
| Mi tío Julio | [156] |
| De viaje | [167] |
| La madre Salvaje | [173] |
| El barrilito | [185] |
| El bicho de Belhomme | [193] |
| El collar | [203] |
| El viejo | [215] |
| Á caballo | [225] |
| Dos amigos | [235] |
| El ladrón | [244] |
| Tonico | [250] |
| Los prisioneros | [262] |
| El parador | [277] |
| Amor | [294] |
| El hoyo | [301] |
| El inválido | [310] |
| Minué | [317] |
| El lobo | [323] |
| El protector | [331] |
| Una vendetta | [338] |
CUENTOS ESCOGIDOS
EN EL AGUA
El verano pasado alquilé una casita de campo situada á orillas del Sena, á varias leguas de París, y allí iba á dormir todas las noches. Poco tardé en entablar relaciones con uno de mis vecinos, hombre de treinta á cuarenta años, que, indudablemente, era el tipo más curioso que nunca me he echado á la cara. Era un canoero viejo, pero un canoero furibundo que estaba siempre cerca del agua, en el agua, dentro del agua; que sin duda había nacido en una canoa, y que seguramente en una canoa morirá también.
Y una noche, que paseábamos juntos por las orillas del Sena, le supliqué que me refiriese algunas anécdotas de su vida náutica. Mi hombre se animó inmediatamente, se transfiguró, y juzgándole por la elocuencia de que hizo gala, le creí poeta. En su corazón anidaba una pasión muy grande, una pasión devoradora é irresistible: el río.
—¡Ah!—me dijo.—¡Cuántos recuerdos míos se relacionan con este río qué mansamente se desliza á nuestro lado! Ustedes, los que viven en calles, no saben lo que es un río; pero oiga á un pescador pronunciar estas palabras. Para él, es el abismo misterioso, profundo, desconocido; es el país de los espejismos y de las fantasmagorías donde se ven, de noche, cosas que no existen, y donde se oyen ruidos que no se han oído nunca. En él se tiembla sin saber por qué, lo mismo que al cruzar un cementerio, y efectivamente, el cementerio más siniestro es aquél en que no hay tumbas.
La tierra es cosa limitada para el pescador, y en la sombra, cuando no hay luna, el río no tiene fin. Los marinos no sienten la misma cosa por la mar. La mar es dura á veces, terrible otras, mala muchas, pero brama, ruge y es leal: el río es silencioso y pérfido. Nunca ruge, siempre se desliza sin ruido, y tengo para mí que ese eterno movimiento del agua murmuradora es cien veces más terrible que las altas olas del Océano.
Algunos soñadores pretenden que la mar esconde en su seno países azulados, inmensos, en los cuales los ahogados ruedan, entre grandes peces, por extraños bosques y por grutas de cristal. El río no tiene más que negras profundidades en las que los muertos se pudren. Cuando brilla al sol y el agua chapaletea suavemente en las orillas cubiertas de murmuradores cañaverales, es hermoso.