La parte descriptiva y pintoresca constituye lo más precioso de estos cuentos, tanto por la robusta solidez y la substancia, como por la redondez llena de expresión... ¿Qué lector, por perezoso que sea, ha pasado por alto una descripción de Maupassant? Tan llenas de vida están, que resulta imposible omitirlas como tampoco pueden dejar de verse las cosas reales. Sólo citaré un ejemplo: el admirable principio de El cordelito.
«...Como era día de mercado, los campesinos y sus mujeres, llenando las carreteras de las cercanías de Goderville, se encaminaban hacia la aldea. Los hombres avanzaban andando tranquilamente, inclinando el cuerpo hacia adelante á cada movimiento de sus torcidas piernas, deformadas por el rudo trabajo, por el peso del azadón que eleva el hombro izquierdo y desvía el talle, por las operaciones de la siega que obligan á separar las rodillas para mantenerse con mayor firmeza, y por todas las lentas y penosas tareas de los campos. Su blusa azul, almidonada, brillante como si la hubiesen barnizado, con el cuello y bocamangas adornados con fino dibujo de hilo blanco, se hinchaba alrededor del nervudo cuerpo y semejaba un globo del que saliesen una cabeza, dos brazos y dos piernas.
«Unos tiraban de una cuerda á cuyo extremo estaba atada una vaca ó un ternero, y sus mujeres, andando tras el animal, le azotaban los cuartos traseros con una rama llena aún de hojas. Con objeto de acelerar la marcha, ellas llevaban al brazo grandes cestos, y por los lados pollos y patos asomaban sus cabezas: y andaban con paso más corto y más ligero que sus maridos, seco el talle, erguido y cubierto con una toquilla que sobre el aplastado pecho sujetaba un alfiler, y la cabeza, envuelta con blanco lienzo que aprisionaba los cabellos, rematada con una cofia.
«Luego, al sacudido trote de un caballejo, pasaba un carricoche: y en el fondo del carricoche, iban sentados dos hombres. Y en la parte de atrás del vehículo, agarrada con fuerza á los bordes para atenuar el traqueteo, se parecía una mujer.
«La muchedumbre invadía la plaza de Goderville, una mezcla de seres humanos y de bestias. Los cuernos de los bueyes, los altos sombreros de largo pelo de los labradores ricos y las cofias de las campesinas, eran las únicas cosas que sobresalían. Y las voces agudas y chillonas formaban continuo y salvaje clamor que á veces dominaba el potente grito de un labrador robusto y alegre ó el prolongado mugido de una vaca atada al muro de una casa.
«Y de allí se emanaba olor á establo, á leche, á estercolero, á heno y á sudor, y de allí se desprendía ese sabor agrio, horrible, humano y bestial, tan peculiar en las gentes del campo...».
En fin, para sostener esa perpetua invención, esa inagotable fuente de asuntos, era evidentemente necesaria una imaginación fecundísima. De haberse tratado de asuntos extraños ó rebuscados, no hay imaginación que hubiese podido dar abasto, y la fatiga y el artificio no habrían tardado en ponerse de manifiesto. Pero, la misma naturaleza y el mismo carácter de su observación le destinaron á producir cuentos de una manera regular. Si los asuntos se examinan detenidamente, uno á uno, pronto se echa de ver que en su mayor parte son sencillísimos, y que las cosas que relata ocurren todos los días. Y cuando el éxito inmenso que alcanzaron hubo hecho surgir imitadores á granel, los periódicos diarios se llenaron de cuentos de las mismas dimensiones y del mismo género que los del maestro. Preciso es confesar que algunas veces los asuntos no carecían de acierto, pero entonces se puso de manifiesto, y muy claramente por cierto, que, si bien los procedimientos de Maupassant no eran inimitables, con ellos no se podía llegar á donde él había llegado. Nadie consiguió dar esa impresión de seguridad y de equilibrio que á la vez se desprende de su filosofía, de su observación, de su composición y de su estilo. Y, al lado del infinito número de tomos de cuentos hoy caídos en el olvido, los cuentos de Maupassant son los únicos que sobreviven.
En esa prodigiosa cosecha en la que verdaderamente no se encuentra nada que sea despreciable, se puede, sin embargo, intentar una selección. Para sus cuentos, Maupassant no eligió nunca asuntos que no se adaptasen perfectamente á su ingenio, pero, entre estos asuntos, hay algunos que le inspiraron felicísimamente. Los cuentos de campesinos, los cuentos normandos, son, según mi modo de ver, los más perfectos. Los recuerdos de la guerra le proporcionaron también abundante cosecha, y finalmente, un lugar aparte está destinado á aquellos en que su autor evoca lo fantástico. Era esa una de las especiales aptitudes de su genio, y harto caro pagó esa facultad de entrever y contar lo desconocido. Pero, cosa maravillosa: en la observación de esos fantasmas se advierte la misma lucidez que en lo real. Colocado de lleno en el dominio de la quimera y de la alucinación, sus dilatados ojos fotografían fielmente los fantasmas. El miedo y El Parador dan excelentes ejemplos de esta peligrosa facultad. Y podría citar otros muchos.
Y muchos son los que pertenecen á todos los géneros, y cuando el lector ó lectora concluya esta selección destinada á ser puesta en todas las manos, podrá pensar que las obras completas le reservan veinte veces la misma satisfacción. La obra de Maupassant, cuentos, novelas cortas y novelas, tiene algo que es verdaderamente extraordinario: que en ella no se puede despreciar nada. Hay trozos excelentes, ninguno flojo, y de un extremo á otro, ciertas condiciones del escritor no se desmienten nunca. La sencilla claridad de la exposición, la composición general, el interés sostenido, la pintoresca sobriedad, el estilo nervioso y preciso, y la imaginación siempre abundante y sin embargo dócil. En fin, atrevámonos á decirlo: su obra entera tiene un mérito rarísimo entre las de los autores de fines del siglo XIX, y es que siendo una obra de artista, en ella no se hace ostentación de literatura. El vicio característico de la mayor parte de los contemporáneos de Maupassant, fué el exceso de literatura, exceso buscado, aparente y casi agresivo. Maupassant tuvo la fortuna de librarse de él, y como puede advertirse en el prólogo de Pedro y Juan, lo logró deliberadamente. Eso le procuró entonces el desdén de algunos críticos, pero su obra ha salido beneficiada por ello pues está tan viva como hace quince años y no es difícil prever que el tiempo no le hará mella alguna. Todo, porque el artificio literario clasifica pronto una obra en el orden de los documentos. Y por ejemplo, las novelas de los Goncourt ¿son ahora algo más que documentos, es decir, cosas curiosas y muertas?