El castillo, tranquilo, erguía su enorme silueta negra. Sólo dos ventanas brillaban aún en la planta baja.
De pronto una voz tonante rugió:
—¡Adelante, hijos míos! ¡Adelante! ¡Al asalto!
Y en un momento las puertas, los postigos y los cristales saltaron cediendo á una avalancha de hombres que lo rompía todo, lo hundía todo y entraba en el castillo invadiéndolo. Un segundo después, cincuenta soldados armados hasta los dientes hicieron irrupción en la cocina donde Walter Schnaffs dormía pacíficamente, y poniéndole en el pecho cincuenta fusiles cargados, le derribaron, le sacudieron, le golpearon y le ataron pies y manos.
El pobrecillo, asustado y demasiado embrutecido para comprender, se moría de miedo.
Y un militar gordo y cubierto de galones de oro, le plantó el pie en el vientre vociferando:
—Eres mi prisionero, ¡ríndete!
Y el prusiano, que sólo había comprendido la palabra «prisionero» gemía: «ya, ya, ya».
Y le levantaron y le ataron á una silla y fué examinado con viva curiosidad por los vencedores, que soplaban como ballenas. Y muchos de ellos, no pudiendo resistir la emoción y la fatiga, se sentaron.
Y el otro sonreía, sonreía, pues al fin le habían hecho prisionero.