¡Y vieron al enemigo!

¡Santo Dios! ¡Los prusianos atacaban el castillo!

Primero se oyó un grito, un grito compacto que se componía de ocho, un grito de espanto, horrible, y luego una huida tumultuosa, una fuga hacia la puerta del fondo. Las sillas caían; los hombres derribaban á las mujeres y pasaban por encima de ellas, y en dos segundos no quedó nadie en la habitación, nada más que la mesa cubierta de alimentos que Walter Schnaffs, de pie junto á la ventana, contemplaba estupefacto.

Después de unos segundos de vacilación se metió dentro de un salto y avanzó hacia los platos. Su hambre, exasperada, le hacía temblar febrilmente; pero cierto terror le retenía y le paralizaba. Escuchó. La casa entera parecía en revolución, y las puertas se cerraban y pasos rápidos cruzaban el piso superior en todas direcciones. El prusiano, inquieto, prestaba oído atento á todos esos rumores confusos: luego oyó ruidos sordos, como si cuerpos pesados cayesen en la blanda tierra, al pie del muro, cuerpos humanos saltando desde el primer piso...

Luego cesó el movimiento y la agitación, y el gran castillo quedó silencioso como una tumba.

Walter Schnaffs se sentó ante un plato que nadie había tocado y se puso á comer. Y comió á dos carrillos, de prisa, como si tuviese miedo que le interrumpiesen antes de haber tenido tiempo de engullir mucho; y los trozos de carne iban cayendo en su estómago dilatando la garganta al pasar. Y de cuando en cuando se detenía próximo á reventar como un tubo demasiado lleno. Entonces cogía el jarro de la sidra y desembarazaba el esófago como quien lava un conducto obstruido.

Vació todos los platos, todas las fuentes y todas las botellas; y repleto de tanto comer, y borracho por haber bebido tanto, embrutecido, congestionado, sacudido por el hipo, turbia la imaginación y grasienta la boca, se desabrochó el uniforme para soplar, pues no podía dar ni un paso. Sus ojos se cerraron, sus ideas se obscurecieron, apoyó la pesada frente en los brazos, cruzados sobre la mesa, y, dulcemente, perdió la noción de los hechos y de las cosas.


La luna, en cuarto menguante, alumbraba vagamente el horizonte por encima de los árboles del parque. Era esa hora fría que precede al amanecer.

Por los macizos y entre los árboles cruzaban muchas sombras, silenciosas y mudas, y á veces la luz de la luna hacía brillar en las sombras una punta de acero.