No se veía á nadie... Á lo lejos, á la izquierda, se alzaba una aldea que enviaba al cielo el humo de sus cocinas. Y á la derecha se distinguían los árboles de una avenida y un castillo con dos torreones...

Sufriendo horriblemente, aguardó hasta la noche, sin ver más que el vuelo de los cuervos y sin oir otra cosa que las quejas sordas de sus entrañas.

Las sombras se cayeron sobre el valle.

Se tendió en el fondo de su retiro, y allí durmió con sueño febril, presa de horribles pesadillas, con sueño de hombre hambriento.

La aurora se extendió de nuevo sobre su cabeza: se puso á observar, y el campo se ofreció á su vista tan solitario como la víspera. Entonces un miedo espantoso se apoderó de Walter Schnaffs, el miedo á morir de hambre. Y se veía tendido en su hoyo, boca arriba y con los ojos cerrados. Luego, bichos pequeños, bichos de todas clases se acercaban á su cadáver y empezaban á comérselo, atacándole por todas partes á la vez y deslizándose por debajo de sus vestidos para morderle en la piel fría. Y un cuervo enorme, con su afilado pico, le arrancaba los ojos.

Imaginando que la debilidad le haría perder el sentido y que no podría moverse, se volvió loco, y ya se disponía á correr hacia la aldea, dispuesto á afrontarlo todo, cuando distinguió á tres labradores que con las palas al hombro se dirigían al campo... y se metió en su escondrijo.

Pero, en cuanto la noche obscureció la llanura, salió lentamente del foso, y encorvado y lleno de miedo, palpitándole fuertemente el corazón, se puso en camino dirigiéndose hacia el castillo, que prefería á la aldea, pues ésta se le antojaba una madriguera de tigres.

Las ventanas bajas brillaban; una estaba abierta, y de ella salía fuerte olor á carne asada, olor que, penetrando bruscamente por las narices de Walter SchnafFs, le llegó hasta el vientre, crispándole, atrayéndole irresistiblemente, y llenándole el corazón de desesperada audacia.

Y sin reflexionar y sin quitarse el casco, hizo su aparición en el marco de la ventana.

Alrededor de una gran mesa comían ocho criados, y de pronto una jovencita dejó caer el vaso que tenía en la mano, se quedó con la boca abierta, y con los ojos fijos en la ventana. ¡Todas las miradas siguieron la suya!