¿Y si tropezaba con guerrilleros? Esos guerrilleros sin ley ni disciplina, le fusilarían para pasar un rato, para divertirse un poco viéndole la cara. Y ya se veía de espalda contra una pared frente á doce fusiles cuyos ojos redondos y negros parecían mirarle.

¿Y si se encontraba con el ejército francés? Los hombres de la vanguardia le tomarían por un explorador, por un atrevido, y la emprenderían á tiros con él. Y ya oía las irregulares detonaciones de los soldados ocultos entre la maleza, mientras él, de pie en medio del campo, caía agujereado como una espumadera por las balas que sentía penetrar en su carne.

Y desesperado volvió á sentarse. Su situación le parecía espantosa, y cuando llegó la noche, la noche negra y muda, no se atrevió ni á moverse.

Los ruidos de las tinieblas, ruidos desconocidos y ligeros, le hacían temblar: y un conejo, al meterse en su conejera, estuvo á punto de hacer perder el sentido á Walter Schnaffs. Los silbidos de las lechuzas le desgarraban el alma, y se sentía acometido por miedos repentinos, dolorosos como heridas. Procurando ver á través de las sombras, arqueaba las cejas abriendo desmesuradamente los ojos, y á cada instante creía que andaban á su lado.

Después de interminables horas y de angustias de condenado, distinguió, á través del techo de ramas, que cenicienta claridad empezaba á inundar el cielo. Entonces la tranquilidad se apoderó de él, su corazón latió normalmente, sus ojos se cerraron, y se durmió.

Al despertar le pareció que el sol estaba en la mitad de su carrera; debían ser las doce. Ni el más ligero ruido turbaba la paz de los campos, y Walter Schnaffs se dió cuenta de que tenía un hambre atroz.

Bostezaba; la boca se le hacía agua pensando en el chorizo, el rico chorizo de los soldados, y el estómago le dolió.

Se levantó, dió algunos pasos, sintió que sus piernas apenas podían sostenerle, y volvió á sentarse para reflexionar. Por espacio de dos ó tres horas estuvo pesando el pro y el contra de las cosas, cambiando á cada instante de resolución, combatido, desgraciado, víctima de ideas contrarias.

Al fin dió con una que se le antojó lógica y práctica; la de acechar el paso de un aldeano que fuese solo, sin armas y sin útiles de trabajo que fuesen peligrosos, y salir á su encuentro poniendo su suerte en sus manos y haciéndole comprender que se rendía.

Entonces se quitó el casco cuyo pico le podía traicionar y con infinitas precauciones sacó la cabeza por el agujero.