Llegó la noche, inundando el valle con sus sombras, y el soldado empezó á pensar. ¿Qué haría? ¿ Qué sería de él? ¿Se reuniría á su ejército? Pero ¿cómo y por dónde? Preciso sería reanudar la vida de angustias, de espantos, de fatigas y de sufrimientos que llevaba desde que la guerra había empezado... ¡No! No se sentía con tanto valor, y ya no tenía la energía necesaria para soportar las marchas y afrontar los constantes peligros.
Pero ¿qué hacer? No podía quedarse en aquel foso y ocultarse en él hasta que terminasen las hostilidades. Claro que no: si no se hubiese necesitado comer, la perspectiva de permanecer allí no le hubiera aterrado; pero era preciso comer, y comer todos los días.
Y se encontraba allí solo, armado, en territorio enemigo, y lejos de los que hubieran podido defenderle. Y continuados escalofríos recorrían su cuerpo...
De pronto, pensó: «¡Si hubiese caído prisionero!». Y su corazón latió con violencia con el deseo inmoderado y furioso de ser prisionero de los franceses. ¡Prisionero! Estaría salvado, alimentado, á cubierto y al abrigo de las balas y de los sables, sin temores posibles, y en una cárcel sólida y bien guardada. ¡Prisionero! ¡Qué sueño!
Inmediatamente tomó esta resolución.
—Voy á constituirme prisionero.
Y se levantó resuelto á ejecutar su proyecto sin pérdida de momento. Pero, quedóse inmóvil y asaltado por mil reflexiones enojosas y por mil terrores nuevos.
¿Á dónde iría á constituirse prisionero? ¿Cómo? ¿Hacia qué lado? Espantosas imágenes, imágenes de muerte, se presentaron á sus ojos.
Aventurándose por el campo con su casco puntiagudo, iba á correr grandes peligros.
¿Y si encontraba á labradores? Al ver á un prusiano perdido, á un prusiano sin defensa, le matarían como á un perro rabioso. Le matarían con sus azadones, sus palas, sus picos y sus guadañas. Y le convertirían en papilla con el encarnizamiento de los vencidos exasperados.