Y cuando la noche llegaba y se acostaba sobre el duro suelo, envuelto en la manta, y junto á sus compañeros que roncaban, pensaba tristemente en los suyos, que se habían quedado allá lejos, y en los peligros de que estaba sembrado su camino: «Si le matasen ¿qué sería de los pequeños? ¿Quién les daría de comer y quién les educaría?». No eran ricos, había contraído algunas deudas para dejarles dinero al marcharse y, al pensar en todas estas cosas, Walter Schnaffs lloraba muchas veces.
Al empezar las batallas, una debilidad tan grande se señoreaba de sus piernas, que de no haber pensado que el ejército entero pasaría por encima de su cuerpo, se hubiera dejado caer. Y el silbido de las balas tenía el don de erizarle el pelo.
Así vivía desde hacía algunos meses, lleno de terror y de angustia.
El cuerpo de ejército á que pertenecía avanzaba por tierra normanda, y un día le enviaron á hacer un reconocimiento con un débil destacamento que sólo tenía que explorar una parte del territorio y replegarse en seguida. En el campo todo parecía tranquilo y nada hacía prever una resistencia preparada.
Ahora bien, tranquilamente bajaban los prusianos por un valle, cuando, derribando á unos veinte hombres, les contuvo violento tiroteo; una tropa de guerrilleros surgió repentinamente de un bosquecillo y hacia ellos se dirigió con las bayonetas caladas.
En un principio, Walter Schnaffs quedó inmóvil y tan atolondrado y sorprendido, que ni siquiera pensó huir. Luego se apoderó de él furioso deseo de ponerse en salvo; pero pensó que, comparado con los delgados franceses que se acercaban saltando como un rebaño de cabras, él corría como una tortuga. Entonces, distinguiendo á pocos pasos un foso lleno de maleza y cubierto de hojas secas, saltó á pies juntillas, sin pensar en la profundidad, que podría tener, como se salta á un río desde un puente.
Como una flecha pasó á través de las agudas aliagas y de una espesa capa de espinos que le desgarraron el rostro y las manos, y, pesadamente, cayó sentado en un lecho de piedras.
Levantó los ojos, y, por el agujero que al pasar había hecho, vió el cielo. Aquel agujero revelador podía denunciarle, y á gatas se arrastró con precaución por el fondo de aquella cueva con techo de ramas enlazadas, y andando lo más de prisa posible para alejarse del lugar del combate. Luego se detuvo, se sentó, y, como una liebre, se acurrucó junto á un montón de hojas secas.
Por espacio de media hora oyó tiros, gritos y quejas. Luego, los clamores de la lucha fueron debilitándose hasta cesar, y todo quedó silencioso y tranquilo.
Repentinamente, algo se agitó á su lado. Se llevó un susto espantoso, pero vió que era un pajarito que, posado en una rama, agitaba las hojas muertas. Y durante una hora, el corazón de Walter Schnaffs latió apresuradamente.