—Claramente veo que lo mejor que puedo hacer es marcharme, por que os reprocharía constantemente lo que conmigo habéis hecho y os daría constantes disgustos. No, eso no os lo perdonaré nunca.

Los viejos, llorando y aterrorizados, se abrazaron.

Y él replicó:

—No, sería demasiado duro. Más vale que me vaya á buscármelas por otras partes.

Y abrió la puerta. Se oyó ruido de voces: eran los Vallín qué celebraban el regreso de su hijo.

Entonces Carlos golpeó la tierra con el píe, y dirigiéndose á sus padres, gritó:

—¡Miserables!

Y se perdió entre las sombras de la noche.

LA AVENTURA DE WALTER SCHNAFFS

Desde que había entrado en Francia con el ejército invasor, Walter Schnaffs se creía el más desgraciado de los hombres. Era gordo, andaba con suma dificultad, se ahogaba, y sufría horriblemente, pues sus pies eran planos y grasientos. Además era pacífico por temperamento: ni magnánimo ni sanguinario, padre de cuatro hijos que adoraba, y estaba casado con una rubia joven y bonita á la que echaba muy de menos. Le gustaba levantarse tarde y acostarse temprano, comer despacio cosas buenas, y atiborrarse de cerveza en las cervecerías. También pensaba que todo lo que es agradable en la existencia desaparece con la vida, y en el fondo de su corazón alimentaba un odio espantoso, instintivo y al mismo tiempo razonado, contra los cañones, los fusiles, las pistolas y los sables, y muy especialmente contra las bayonetas, pues se sentía incapaz para manejar velozmente esa arma y defender con ella su abultado vientre.