II

Dionisio salvó á su amo: pasó noches enteras sin dormir ni salir de la habitación del enfermo, le preparó las medicinas, las tisanas, las pociones, le tomaba el pulso contando ansiosamente las pulsaciones, y le cuidó con la habilidad de un enfermero y con la abnegación de un hijo.

Le preguntaba á cada momento:

—Y bien, mi amo ¿cómo se encuentra usted?

Á lo que Marambot contestaba con voz débil:

—Un poco mejor, muchacho, muchas gracias.

Y cuando el herido despertaba por la noche, sucedía con frecuencia que sorprendía á su guardián llorando en su butaca y enjugándose silenciosamente los ojos.

Jamás el ex farmacéutico se había visto tan cuidado ni tan mimado. En un principio se había dicho:

—Cuando esté restablecido me desembarazaré de ese granuja.

Pero, á pesar de que ya estaba en pleno período de convalecencia, retardaba el momento de separarse del que había pretendido asesinarle. Pensaba que nadie hubiera tenido con él tantas atenciones, y le anunció que había depositado un testamento en casa de su notario en el que, si un nuevo accidente le ocurría, le denunciaba.