El campesino, sin saber lo que le pasaba, y muerto de miedo por la sospecha que pesaba sobre él, aunque sin comprender por qué, murmuró:
—¿Yo? ¿Que yo he recogido esa cartera?
—Sí, usted mismo.
—Palabra de honor, ni siquiera la he visto.
—Pues á usted le han visto bien.
—¿Qué me han visto á mí? ¿Y quién?
—Malandain, el guarnicionero.
Entonces el viejo lo recordó todo, comprendió al punto, y enrojeciendo de cólera exclamó:
—¡Ah! Conque ese pordiosero dice que me ha visto... Lo que ha visto ha sido cómo recogía este cordelito que aquí está...
Y ahondando en el bolsillo de su pantalón sacó la cuerdecita.