Pero, el alcalde movía la cabeza con incredulidad.

—Usted no me hará creer que el señor Malandain, que es hombre digno de crédito, haya confundido ese cordelito con una cartera.

El labrador, furioso, levantó un brazo, escupió á un lado, y para demostrar su honradez dijo:

—Y sin embargo es la verdad de Dios, la santa verdad señor alcalde. Lo juro por la salvación de mi alma.

El alcalde añadió:

—Después de haber recogido el objetó, ha estado usted largo rato buscando por el suelo para ver si se había caído alguna moneda.

El miedo y la indignación ahogaban al pobre hombre.

—¡Santo Dios! Lo que se puede inventar para perder á un hombre de bien... lo que se puede inventar...

Pero por mucho que protestó, no por esto le creyeron.

Le pusieron frente á frente con Malandain que repitió y sostuvo la afirmación, y por espacio de una hora se estuvieron injuriando. Él mismo pidió que le registrasen y no le encontraron nada.