Al fin el alcalde, muy perplejo, le despidió avisándole que daría parte al juez del partido y que pediría órdenes.
La noticia había circulado rápidamente, y al salir de la alcaldía el viejo se vió rodeado y asediado á preguntas, que le dirigían con curiosidad real ó burlona, pero en las que no entraba para nada la indignación. Y él contó repetidas veces la historia del cordelito, pero nadie la creyó. Se reían de él.
Se marchaba, mas todos le detenían, y él detenía á cuantos conocía repitiendo constantemente su relato y mostrando sus bolsillos vueltos del revés para enseñar que no contenían nada.
Todos le decían:
—Calla, calla, picaronazo.
Él se enfadaba, se desesperaba, febril, desolado al ver que no le creían, y no sabiendo qué hacer como no fuese repetir á todos su historia.
Llegó la noche, preciso fué marcharse, y se puso en camino con tres vecinos á los que indicó el sitio donde había recogido el cordelito, y por el camino habló continuamente de su aventura.
Al llegar á Bréauté se lo contó á todo el mundo pero sólo encontró incrédulos.
Toda la noche estuvo enfermo.
Al día siguiente por la tarde, á eso de la una, Mario Paumelle, mozo en la granja de Bretón, labrador muy rico de Ymanville, devolvió la cartera.