Este hombre decía que la había encontrado en el camino, pero como no sabía leer, se la había llevado á su amo.

La noticia se supo en seguida por todos aquellos alrededores, y se la participaron á Hauchecorne quien inmediatamente se puso en campaña para repetir su historia completada con el desenlace. Triunfaba.

—Lo que me volvía loco—decía á cuantos querían oirle—no era la cosa, compréndanme bien, era la mentira. No hay nada que haga tanto daño como estar en entredicho por una mentira.

Y durante todo el día estuvo hablando de su aventura que en la carretera contaba á cuantos pasaban, en la taberna á cuantos bebían y, el domingo siguiente, á la puerta de la iglesia, á cuantos salían de misa. Hasta detenía á los desconocidos para contársela. Mas, á pesar de todo, aunque estaba tranquilo, algo había que aún le molestaba, algo que no sabía con certeza lo que era. Advertía como si se burlasen cuando le oían: nadie parecía convencido, y en cuanto volvía la espalda todos murmuraban.

El martes de la semana siguiente, empujado únicamente por la necesidad de contar su caso, fué al mercado de Goderville.

Malandain, de pie en el umbral de su casa, se puso á reir al verle pasar. ¿Por qué?

Primero se acercó á Criquetot, el de la granja, quien no le dejó terminar, y dándole un golpecito en el vientre, le soltó en su misma cara un: «Calla, calla, picaronazo», y luego le volvió la espalda.

Hauchecorne, que á cada momento estaba más inquieto, se quedó viendo visiones. ¿Por qué le habían llamado picaronazo?

Cuando estuvo sentado á la mesa, en el parador de Jourdain, explicó otra vez el asunto; pero un chalán de Montivilliers le dijo á gritos:

—Vamos, cállate, viejo camándulas, que tu cordelito nos lo sabemos de memoria.