Entonces Hauchecorne balbució:

—Pero... puesto que han encontrado la cartera...

—Ta, ta, ta. Uno encuentra, otro devuelve, y ni visto ni conocido.

El labrador se quedó de una pieza. Al fin comprendía, y comprendía que se le acusaba de haber hecho devolver la cartera por un compadre, por un cómplice.

Intentó protestar, pero cuantos estaban sentados á la mesa soltaron el trapo á reir.

Le fué imposible concluir de comer y salió del comedor entre la rechifla general.

Y volvió á su casa avergonzado, indignado, ahogado por la cólera y la confusión y tanto más aterrado cuanto que, con su malicia de normando, se sentía capaz de hacer aquello de que se le acusaba, y aun de envanecerse de ello como de una hazaña. Su inocencia le aparecía tan confusa como difícil era de demostrar, dada su proverbial malicia. Y la injusticia de la sospecha le hería en pleno corazón.

Entonces empezó de nuevo á contar la aventura, extendiendo el relato todos los días, añadiendo siempre nuevas razones, protestas más enérgicas; juramentos solemnes que imaginaba y preparaba en sus horas de soledad, pues en su imaginación sólo tenía cabida la historia del cordelito. Y cuanto más complicada era su defensa y su argumentación más sutil, menos se le creía.

Á sus espaldas, la gente decía:

—Ésas son razones de embustero.