Y él se daba cuenta de ello, y se le corrompía la sangre y se agotaba haciendo inútiles esfuerzos.
Enflaquecía á ojos vistas.
Los burlones, para divertirse, le hacían contar la historia del cordelito del mismo modo que se hace contar cosas de batallas á los soldados que han estado en la guerra. Y el pobre, perdía por momentos:
Á fines de diciembre se metió en la cama. Y murió en los primeros días de enero, y hasta en el delirio de la agonía atestaba su inocencia repitiendo:
—Un cordelito... un cordelito... Éste es, señor alcalde.
EL BAUTIZO
Los hombres, vestidos con la ropa de los domingos, esperaban frente á la puerta de la alquería. El sol de mayo derramaba su clara luz sobre los floridos y perfumados manzanos que, redondos cual inmensos ramilletes rosados y blancos, formaban al patio un techo de flores. Sin cesar sembraban á su alrededor la nieve de sus menudos pétalos, que volteaban por el aire antes de caer en la alta hierba, donde los dientes de león brillaban como llamas y las amapolas semejaban grandes gotas de sangre.
Una cerda dormitaba junto al estercolero, el vientre al sol y la ubre hinchada, y una piara de lechoncitos, con el rabo arrollado como una cuerda, hozaba y gruñía á su alrededor.
De pronto, á lo lejos, tras los altos árboles de las alquerías, sonaron las campanas de la iglesia, y su voz de hierro lanzó en medio del silencio su débil y lejana llamada. Á través del espacio azul que encerraban las inmóviles y grandes hayas, las golondrinas cruzaban semejando flechas, y á veces, olor de establo se mezclaba al suave y agradable perfume de los manzanos.
Uno de los hombres que de pie estaban frente á la puerta, se volvió hacia la casa y gritó: