—Vamos, vamos, Melina, que ya tocan...
Tendría unos treinta años. Era un labrador alto á quien las layas y las penosas tareas del campo no habían deformado aún. Su padre, un viejo nudoso y tan lleno de arrugas como el tronco de un roble, con abultadas muñecas y piernas muy torcidas, dijo sentenciosamente:
—Las mujeres no acaban nunca.
Los otros dos hijos del viejo se pusieron á reir, y uno de ellos, volviéndose hacia su hermano mayor, el que primero había llamado, le dijo:
—Ve á buscarla, Hipólito; que si no, esperaremos hasta medio día.
Y el joven entró en su morada. Una bandada de patos, que pasaba cerca de los labradores, empezó á batir las alas y á dar gritos guturales: luego, con paso lento y cadencioso, se dirigieron hacia su charca.
Entonces, en el hueco de la puerta apareció una mujer gorda que llevaba en brazos á un niño de unos dos meses. Las blancas bridas de su cofia le colgaban por la espalda resaltando sobre el rojizo chal, que resplandecía como un incendio, y el rorro, envuelto en blancas mantillas, descansaba sobre el abultado vientre de la guardesa.
Luego le tocó el turno á la madre, alta y gruesa, de unos dieciocho años, fresca y sonriente, quien se apoyaba en el brazo de su marido. Las dos abuelas vinieron después, arrugadas como manzanas viejas, y con las caderas deformadas por largos años de paciente y ruda faena. Una de ellas, que era viuda, se apoyó en el brazo del abuelo, que seguía de pie delante la puerta, y se pusieron al frente del cortejo, detrás del niño y de la partera. Los demás de la familia siguieron detrás, y los más jóvenes, llevaban cucuruchos de papel llenos de confites.
Á lo lejos, la campana seguía tocando sin cesar, llamando con todas sus fuerzas al frágil niño. Y los chiquillos se encaramaban á las tapias, la gente se asomaba á las puertas y se acercaba á los vallados, y las criadas de las alquerías, para presenciar el paso del bautizo, dejaban en el suelo los cubos llenos de leche y se quedaban inmóviles.
Y la guardesa triunfante, llevaba su carga viva evitando los charcos que en el camino había. Y los viejos seguían, muy ceremoniosos, andando de través, sin duda á causa de la edad y de los dolores. Los jóvenes, que tenían ganas de bailar, se fijaban en las muchachas que salían para ver el cortejo, y el padre y la madre, muy graves y formales, seguían al niño que más tarde les reemplazaría en la vida y que en el lugar había de continuar el bien conocido nombre de los Dentú.