Llegaron á la llanura, y para evitar el gran rodeo que daba el camino, tomaron á campo traviesa.
Ya se distinguía el puntiagudo campanario de la iglesia, y en la abertura que bajo el tejadillo de pizarra le atravesaba, se agitaba algo, algo que se movía con movimientos vivos, pasando y volviendo á pasar por detrás de la estrecha ventana. Era la campana que seguía doblando, llamando al recién nacido para que por primera vez fuese á la casa de Dios.
Un perro seguía al cortejo, y como le echasen confites daba saltos alrededor de cuantos componían la comitiva.
La puerta de la iglesia estaba abierta de par en par, y el sacerdote, un mocetón con pelo rojizo, delgado pero fuerte, un Dentú también, tío del pequeño, hermano del padre, esperaba al pie del altar. Y siguiendo los ritos, bautizó á su sobrino, Próspero Csear, quien al sentir en la boca la sal simbólica, se puso á llorar.
Cuando la ceremonia hubo terminado, la familia esperó en el atrio á que el sacerdote se pusiese el manteo, y cuando éste salió se pusieron en marcha. Y anduvieron de prisa pues todos pensaban en la comida. Los rapaces del lugar les seguían gritando, y cada vez que les tiraban un puñado de confites se producía espantosa confusión: furiosas luchas cuerpo á cuerpo en las que los cachetes y tirones de pelo se prodigaban generosamente; el perro también se precipitaba para reclamar su parte, y más obstinado que los chiquillos no cejaba aun que le tirasen del rabo, de las orejas y de las patas.
La guardesa, algo cansada, dijo al cura que andaba á su lado:
—Señor cura, si no fuese pedir demasiado le suplicaría que llevase un poco á su sobrino... siento calambres en el estómago, y...
El sacerdote cogió al niño, cuyo blanco traje resaltaba como enorme mancha sobre la negra sotana, y después de darle un beso siguió andando, algo molesto con su ligera carga que no sabía cómo sostener ni cómo llevar. Todos se pusieron á reir, y una de las abuelas preguntó á gritos:
—Dime, curita, ¿no te da pena pensar que nunca tendrás ninguno?
El sacerdote no contestó. Andando á grandes pasos miraba fijamente al chiquillo cuyos ojos azules le atraían y cuyas redondas mejillas parecían pedirle besos. No pudo contenerse, y levantándole hasta la altura de la cara, le dió un ruidoso beso.