El padre, que lo vió, dijo:

—Si quiere uno, no tiene más que decirlo.

Y todos empezaron á bromear como bromea la gente del campo.

Cuando se sentaron á la mesa, la pesadota alegría de los campesinos estalló como una tormenta. Los otros dos muchachos iban á casarse pronto y sus prometidas asistían á la comida, de manera que los invitados se creían obligados á hacer constantemente alusión á las futuras generaciones que esas uniones prometían.

Y los retruécanos sucedían á las palabras con sal y pimienta, cosa que hacía que las muchachas se pusiesen coloradas, y que los hombres se descoyuntasen de tanto reir. Ellos chillaban fuerte y daban puñetazos sobre la mesa: el padre y el abuelo metían baza también, y la madre reía. Las viejas, tomando parte en la fiesta, hacían pinitos.

El sacerdote, acostumbrado á la libertad de modales de los labradores, permanecía impasible, sentado junto á la guardesa, y para hacer reir á su sobrino le acariciaba la barbita con el índice. Contemplando al pequeñuelo parecía sorprendido, como si nunca hubiese visto ninguno, y en él se fijaba con reflexiva atención, con soñadora gravedad, con ternura infinita, singular, vivísima y algo triste.

Y contemplándole ni oía ni veía nada. Sentía deseos de mecerle sobre sus rodillas, pues aún conservaba en el pecho y en el corazón la dulce sensación de haberle llevado en brazos al volver de la iglesia. Ante aquella larva de hombre sentía profunda emoción, como ante un misterio en el que nunca hubiese pensado, misterio augusto y santo, la encarnación de un alma nueva, el gran misterio de la vida que empieza, del purísimo amor que despierta, de la raza que se perpetúa y de la humanidad que siempre avanza.

La guardesa, con el rostro congestionado, brillantes los ojos, molestada por el pequeño que la obligaba á mantenerse lejos de la mesa, se atracaba de firme.

El sacerdote le dijo:

—Démelo; yo no tengo apetito.