Volvió á tomar al niño en sus brazos, y á su alrededor todo desapareció y se borró todo: largo rato permaneció con los ojos fijos en aquella carita rosada, y poco á poco el calor suave de aquel cuerpecito le penetró como una caricia muy ligera, muy casta, caricia que era causa de que los ojos se le llenasen de lágrimas.
El ruido que hacían cuantos estaban sentados alrededor era espantoso, y el niño, á quien los continuados clamores molestaban, se puso á llorar.
Una voz gritó:
—Que le dé el pecho.
Y una carcajada unánime acogió esta torpe ocurrencia. La madre se levantó, cogió á su hijo y lo llevó á la habitación vecina. Minutos después volvió diciendo que dormía tranquilamente en su cuna.
Y la comida continuó. Hombres y mujeres salían al patio de tiempo en tiempo y volvían en seguida á sentarse de nuevo á la mesa; la carne, las legumbres, la sidra y el vino se sucedían en todas las bocas, hinchaban los vientres, encendían los ojos y trastornaban las cabezas.
Cuando se sirvió el café era casi de noche. Rato hacía que el sacerdote había desaparecido sin que su ausencia hubiese llamado la atención.
La madre quiso ver si el pequeño seguía durmiendo, y á tientas penetró en la habitación. Extendía los brazos para no tropezar con ningún mueble cuando ruido extraño hizo que se detuviese, y salió asustada, segura de haber oído á alguien. Pálida y temblorosa entró en el comedor y contó lo que le había sucedido. Los hombres, borrachos y amenazadores, se levantaron tumultuosamente, y el padre, con una luz en la mano, entró el primero.
El sacerdote, arrodillado junto á la cuna y con la frente hundida en la almohada donde reposaba la cabeza del niño, sollozaba...