Un pobre viejo, con barba blanca, nos pidió limosna. Mi amigo José Davranche le dió un duro. Y como manifestase mi extrañeza, me dijo:

—Ese miserable me ha recordado una historia que te voy á referir, historia cuyo recuerdo me persigue constantemente. Escucha:

«Mi familia, que vivía en el Havre, no era rica. Mi padre trabajaba, volvía tarde de su oficina, no ganaba mucho, y como éramos tres,—yo tenía dos hermanas,—no hacíamos más que salir del paso.

«La estrechez en que vivíamos hacía sufrir mucho á mi madre, que con frecuencia hablaba agriamente á su marido con palabras que envolvían pérfidos reproches. Entonces, la actitud del pobre hombre me llenaba de desolación, pues el infeliz se pasaba la mano por la frente para enjugar un sudor que no existía, y no contestaba. Yo me daba perfecta cuenta de su impotente dolor. Se hacían economías en todos los órdenes; nunca aceptábamos una comida para no tener que devolverla, y sólo cuando había un baratillo comprábamos las provisiones. Mis hermanas se hacían los trajes, y para una cinta que costase á quince céntimos el metro, se discutía interminablemente. Nuestra alimentación ordinaria consistía en una sopa y carne del cocido que se disfrazaba con todas las salsas que se pueden imaginar. Y aunque, según parece, ese régimen era sano y nutritivo, yo hubiera preferido otro.

«Cuando perdía algún botón ó rompía los pantalones, me armaban escándalos monumentales.

«Pero, todos los domingos nos vestíamos de gala para dar un largo paseo. Mi padre, de levita y sombrero de copa, irreprochablemente enguantado, daba el brazo á mi madre que se empavesaba como buque en día de gran fiesta. Mis hermanas, que siempre eran las primeras en estar dispuestas, esperaban impacientes que se diese la señal de marcha, pero en el último momento se descubría siempre una nueva mancha en la levita del padre de familia, y preciso era hacerla desaparecer frotándola con un trapo empapado de bencina.

«Mi padre, sin quitarse el enorme sombrero, esperaba en mangas de camisa á que terminase la operación, mientras mi madre, después de haberse calado las gafas y quitado los guantes para no estropearlos, restregaba de lo lindo.

«Nos poníamos á andar ceremoniosamente: mis hermanas, cogidas del brazo, iban delante, y como estaban en edad de casarse, las lucíamos todo lo posible. Yo iba á la izquierda de mi madre, cuya derecha guardaba mi padre. Y aún recuerdo como si la estuviese viendo, la pomposa apariencia de mis pobres padres en esos paseos domingueros, la rigidez de sus rostros y la severidad de sus movimientos. Andaban con paso grave, recio el cuerpo y tiesas las piernas, como si de su modo de presentarse hubiese dependido el éxito de un asunto importantísimo.

«Y todos los domingos cuando veíamos entrar en el puerto á los buques que volvían de países desconocidos y remotos, mi padre pronunciaba invariablemente las mismas palabras:

«¡Eh! Si Julio viniese ahí; ¡qué sorpresa!»