«Mi tío Julio, hermano de mi padre, que había sido el terror de la familia, era entonces su única esperanza. Yo había oído hablar de él desde mi infancia, y su recuerdo me era tan familiar que creía que había de conocerle en cuanto le encontrase. Y conocía todos los detalles de su existencia hasta el día de su partida á América, por más que, de ese periodo de su vida, únicamente hablaban en voz baja.

«Según parece, había observado muy mala conducta, es decir, había gastado algún dinero, cosa que, en las familias pobres, constituye el mayor de los crímenes. Entre los ricos, un hombre que se divierte hace locuras, y cuando más, y sonriendo, le llaman juerguista. Entre los necesitados, un mozo que obliga á los padres á tocar el capital, es una mala persona, un granuja, un sinvergüenza.

«Y esta distinción es justa, pues aunque el hecho sea el mismo, la gravedad del acto la determinan únicamente las consecuencias.

«En fin, mi tío Julio había disminuido notablemente la herencia con que mi padre contaba, y eso, claro está, después de haberse comido su parte hasta el último céntimo.

«Y, como entonces se hacía, le habían enviado á América en un barco mercante de los que hacían la travesía del Havre á Nueva York.

«Una vez allí mi tío se había establecido comerciante de yo no sé qué artículos, y no tardó en escribir que ganaba algún dinero y que esperaba poder indemnizar á mi padre de los perjuicios que le había causado. Esta carta causó profunda emoción en la familia. Julio que, como vulgarmente se dice, no valía tres ochavos, se convirtió de pronto en hombre honrado, en muchacho de gran corazón, en verdadero Davranche, íntegro como todos los de la familia.

«Además, un capitán de barco nos dijo que había alquilado una gran tienda y que su comercio tenía mucha importancia.

«Dos años más tarde se recibió una carta que decía:

«Mi querido Felipe: Te escribo para que no os preocupéis por mi salud que, á Dios gracias, es excelente. Los negocios marchan bien, y mañana emprendo un largo viaje por la América del Sur. Tal vez tardaré algunos años en daros noticias mías, pero si no escribo, no os inquietéis. Cuando haya redondeado mi fortuna, que espero será pronto, volveré al Havre y entonces viviremos juntos y dichosos...»

«Esta carta llegó á ser el evangelio de la familia, y se leía por cualquier motivo, y por cualquiera causa se enseñaba á todo el mundo.