«Efectivamente, el tío Julio no dió noticias suyas durante diez años, pero á medida que el tiempo pasaba las esperanzas de mi padre crecían, y mi madre decía con frecuencia:
«—Cuando Julio vuelva, nuestra situación cambiará completamente. ¡Ése es uno que ha sabido salirse del atolladero!
«Y cada domingo, viendo entrar en el puerto á los grandes vapores que vomitaban negras serpientes de humo, mi padre repetía su eterna frase:
«¡Eh! Si Julio viniese ahí ¡qué sorpresa!
«Y casi esperábamos verle agitar un pañuelo y gritar:
«—¡Eh! ¡Felipe!
«Con respecto á ese indudable regreso se habían, hecho mil proyectos, y con el dinero del tío se tenía que comprar una casita de campo cerca de Lugonville. Yo me guardaré muy mucho de asegurar que mi padre no hubiese entablado ya negociaciones con respecto á este punto.
«Mi hermana mayor tenía entonces veintiocho años y la otra veintiséis. Y el pesar general de la familia era que no se casasen.
«Al fin se presentó un pretendiente para la segunda, un empleado que si bien no era rico era muy honrado. Siempre he tenido el convencimiento de que la carta del tío Julio, que se le leyó una noche, dió al traste con las vacilaciones del joven y le decidió.
«Se le aceptó con mal disimulado contento, y quedó resuelto que, una vez efectuado el matrimonio, toda la familia haría un viaje á Jersey.