«Jersey era el viaje ideal para los pobres. No está lejos, se cruza la mar en un paquebote, y al llegar á ese islote que pertenece á los ingleses, se está en tierra extranjera. De manera que, un francés, con sólo dos horas de navegación, puede visitar un pueblo vecino al suyo, estudiar sus costumbres que, dicho sea de paso, son deplorables, y conocer esta isla que, como dicen las gentes que hablan con sencillez, cubre el pabellón británico.
«Y ese viajé á Jersey llegó á ser nuestra única preocupación, nuestra única esperanza y nuestro sueño de todos los instantes.
«Al fin nos pusimos en marcha: yo veo eso como si hubiese ocurrido ayer. El vapor atracado al muelle de Granville; mi padre, atolondrado, vigilando el embarque de nuestros tres paquetes; mi madre que con inquietud se apoyaba en el brazo de mi hermana soltera, la cual, desde que la otra no estaba en casa parecía perdida como un pollito que se hubiese quedado solo en el ponedero, y detrás de nosotros, los recién casados, que siempre se quedaban lejos, cosa que me hacía volver la cabeza á cada instante.
«Silbó el buque, y poco á poco se fué alejando de la costa,. deslizándose sobre un mar que semejaba una mesa de mármol verde. Y nosotros lo mirábamos todo con la felicidad y el orgullo de los que viajan poco.
«Mi padre, luciendo la levita de la cual la misma mañana se habían limpiado cuidadosamente todas las manchas, aparecía orondo y satisfecho esparciendo á su alrededor ese olor á bencina que me recordaba los domingos.
«De pronto se fijó en dos damas elegantes á quienes dos caballeros ofrecían las ostras que un marinero viejo y harapiento abría con un cuchillo. Ellas las comían con delicadeza, sosteniendo la concha sobre un pañuelo é inclinando el cuerpo hacia delante para no mancharse los trajes, y luego, con movimiento rápido, bebían el agua y arrojaban la concha á la mar.
«Sin duda, el acto distinguidísimo de comer ostras en un buque en marcha sedujo á mi padre, y parecíéndole cosa de buen gusto refinado y superior, se acercó á mi madre y á mis hermanas preguntándoles:
—«¿Queréis tomar ostras?
«Mi madre, contenida por la idea del gasto, vacilaba, pero mis hermanas aceptaron en seguida. Entonces, y con visible contrariedad, mi madre dijo:
—«Tengo miedo de que me sienten mal. Que tomen las niñas, pero pocas, pues les harían daño.