«Mi madre, trastornada, balbució:

—«Estás loco, y no sé por qué, sabiendo que no es él, tienes que decir estas tonterías.

«Pero mi padre insistió:

—«Ve á verle, Clarisa; prefiero que te convenzas por ti misma.

«Mi madre se levantó y fué á reunirse á sus hijas. Yo me fijé en aquel hombre que era viejo, estaba muy sucio, tenía el rostro surcado por mil arrugas, y no apartaba los ojos de su trabajo.

«Mi madre volvió, pude observar que temblaba, y muy de prisa dijo:

—«Creo que es él. Habla con el capitán y procura informarte, pero sé prudente á fin de que no nos caiga esta lotería...

«Mi padre se alejó pero yo le seguí, y en verdad que me sentía extrañamente emocionado.

«El capitán era un hombre alto, delgado, que llevaba largas patillas y se daba tanta importancia, paseando por el puente, como si hubiese mandado el correo de las Indias.

«Mi padre se acercó á él y, muy ceremoniosamente, le dirigió mil cumplidos haciéndole infinitas preguntas con respecto á su oficio.