—«Siempre he creído que ese bandido no podía hacer nada bueno. ¡Como si se pudiese esperar algo de un Darvanche.!
«Y mi padre, como hacía siempre que mi madre le reprochaba algo, se enjugó la frente.
«Mi madre añadió:
—Ahora, dale dinero á José para que pague las ostras: lo único que faltaría, sería que ese mendigo nos reconociese. ¡Bonita impresión causaría! Vamos, vámonos al otro extremo y procura que ese hombre no se nos acerque.
«Se levantó, y después de haberme dado una moneda de cinco francos se alejaron.
«Mis hermanas, sorprendidas, esperaban á nuestro padre. Yo les dije que mamá se había mareado, y, dirigiéndome al vendedor de ostras, le pregunté:
—«¿Cuánto le debemos?...
«Y tuve deseos de añadir:—tío...
—«Dos francos cincuenta,—me contestó.
«Entonces puse la moneda de cinco francos encima de una cesta y mientras me daba la vuelta me fijé en su mano, una pobre mano de marinero, llena de arrugas, y me fijé también en su rostro, rostro viejo, miserable y tristemente abatido; y pensé: