—¡Poiret: dos asientos!

Vino Poiret, alto y delgado, encorvado por el arado, enjuto por la abstinencia y con la piel seca por falta de lavarla. Su mujer le seguía, una mujer pequeñita y flaca que parecía una ternera cansada, y que, con las dos manos, sostenía un inmenso paraguas verde.

—¡Rabot, dos asientos!

Rabot, que era perplejo por temperamento, preguntó, «¿Es á mí á quien se llama?»

El cochero, al que de apodo llamaban «el descarado», iba á contestar una atrocidad, cuando Rabot se lanzó hacia la portezuela empujando por delante á su mujer, una mocetona cuadrada cuyo redondo vientre parecía un barril y cuyas manazas recordaban las palas de las lavanderas.

Y Rabot se metió en la diligencia como las ratas entran en sus agujeros.

—¡Caniveau!

Un labrador gordo y pesado como un buey, hizo crujir los resortes y se metió en el amarillento carruaje.

—¡Belhomme!

Y éste, alto y delgado, se acercó con el cuello torcido, doliente el rostro, y con un pañuelo aplicado al oído como si violento dolor de muelas le atormentase.