Todos, por encima de las antiguas y singulares vestiduras de paño negro ó verdoso, vestiduras de etiqueta que lucían por las calles del Havre, llevaban largas blusas azules; y en la cabeza ostentaban gorras de seda, altas como torres, que, en el campo normando, suponen elegancia suprema.

Cesáreo Horlaville cerró la portezuela y, encaramándose luego en el pescante, hizo chasquear el látigo.

Los tres caballos parecieron despertar. Agitando el cuello hicieron oir el vago murmullo de los cascabeles. Con toda la fuerza de sus pulmones, el cochero empezó á gritar al tiempo que azotaba fuertemente á las bestias que se agitaron, hicieron un esfuerzo, y arrancaron al trote corto, arrastrando á la diligencia que los baches sacudían, armando sorprendente ruido de hierro viejo y cristales mientras en el interior, los viajeros alineados en las dos filas de asientos, se veían zarandeados de lo lindo.

En un principio, y por respeto al cura, todos callaban, pero como él era de temperamento expansivo y familiar, fué el primero en romper el silencio.

—Y bien, amigo Caniveau,—dijo.—¿Las cosas marchan bien?

El enorme campesino, que se sentía unido al eclesiástico por cierta simpatía de porte, barriga y gordura, contestó sonriendo:

—Así así, señor cura; ¿y usted?

—¡Oh! Yo, siempre igual.

—¿Y usted, Poiret?

—Todo iría á pedir de boca si no fuesen las colzas que este año no producirán casi nada; y como únicamente se encuentra beneficio en eso...